Pasa algo muy curioso cuando haces un viaje. Puedes haber pasado una semana entera recorriendo una ciudad a la que te morías de ganas de ir, haberlo fotografiado todo (hasta el desayuno de cada mañana) y, sin embargo, a los pocos meses, los detalles empiezan a desvanecerse de tu memoria. Los colores pierden intensidad. Los nombres de las calles desaparecen. Y las emociones, esas que en el momento te parecían imposibles de olvidar, se van diluyendo sin que puedas hacer nada para evitarlo. Pese a los gigas y gigas de contenido, miles de fotos de viaje.

Nos pasa a todos, y mucho más desde que lo inmortalizamos todo con nuestros teléfonos. En mi caso, la mayoría de veces, se ve multiplicado por la cámara, la insta360… Pero hay algo que puede frenar ese proceso. Por desgracia, nuestra memoria no funciona como un servidor donde se almacena todo. No guarda archivos en HD para recuperarlos con un clic. Necesita anclas, objetos físicos que activen algo más profundo que un vistazo a una galería de fotos del móvil. Algo que se soluciona con un gesto tan sencillo como imprimir fotos. Porque convertir un recuerdo digital en algo físico, tangible y que puedes ver cada día es lo que permite rememorar momentos sin que se difuminen. Y una bonita forma de volver al lugar dónde fuimos felices.
El problema de los recuerdos olvidados en el móvil
Piénsalo un momento. Tienes centenares, quizá miles de fotos y vídeos acumulados en el teléfono de todos estos años. Fotos de aquel fin de semana que os fuisteis a una casita rural, de aquella paella tan rica que comisteis en un pueblo perdido de la mano de Dios, de aquel hombre dormido con es postura tan rara en el tren, de aquella ciudad que siempre quisiste visitar. Todas están ahí, perfectamente accesibles con tan solo pulsarlas y, además, organizadas por fecha o hasta por lugares si lo prefieres. Y, sin embargo, ¿cuántas veces las miras de verdad? ¿Cada cuánto te paras a ojear de nuevo el álbum de aquel viaje en el que lo pasasteis tan bien? ¿Y cómo encuentras ESA foto entre tanto ruido?
Si haces un ejercicio de honestidad, reconocerás que, con suerte, lo habrás hecho una vez. Y es completamente normal, porque ese archivo digital que construimos en nuestros teléfonos genera una ilusión de permanencia que no se corresponde con la realidad. Yo intento ir vaciando en el ordenador, creando carpetas por fecha, buscando poner orden en el caos, en esta especie de Diógenes digital.

Creemos que, por tenerlas guardadas, nos acordamos de ellas. Pero no es así en absoluto. El ojo se acostumbra muy rápido a aquello que siempre está disponible, y al final es como si fuera invisible.
Las fotos se acumulan en el móvil, se solapan y, con el tiempo, dejan de tener ese peso emocional que tenían cuando las hiciste. Y ya no es solo una cuestión sentimental, es también una cuestión práctica porque, ¿qué pasa si el teléfono se rompe, si se bloquea tu cuenta, si te roban las contraseñas o si los servidores fallan? No hace falta ser tan alarmistas: mi teléfono tiene 256GB, que a priori parece mucho. Genero tanto contenido que no puedo tener más allá de medio año aproximadamente. ¡¿Cómo voy a tener a mano todos los viajes y recuerdos, sí en algún momento tendré que borrar?!
Todo se puede irse al traste por mil y una razones ajenas a ti, y eso demuestra lo frágiles que son los recuerdos digitales en realidad. Por eso, la única copia de seguridad que de verdad funciona es la que puedes sostener con tus manos.
El cambio de dar forma tangible a tus recuerdos
La fotografía digital nos da inmediatez, y el poder repetir una foto las veces que haga falta sí no hemos quedado bien (ay, nuestros egos…), pero no hay nada que pueda reemplazar a la sensación de ver tu foto impresa por primera vez. No hablamos de una pantalla, no. Hablamos de impresa a color en un papel, con su textura, con un buen tamaño. Es una sensación completamente distinta que hace que esa instantánea pase de ser un archivo a ser un objeto con una historia. Yo recuerdo cuando era pequeña y llevábamos los carretes del verano al Fotoprix del barrio. ¡Que emoción cuando nos devolvían aquel sobre amarillo, lleno de fotografías borrosas pero tangibles!
Ahora multiplica eso por un viaje entero. Enhorabuena, es justo lo que da un álbum de fotos. Parece sorprendente hablar de algo tan tradicional de esta forma en pleno siglo XXI, pero es la situación en la que nos encontramos. Está volviendo la necesidad de hacer los recuerdos tangibles, de poder colocarlos en una pared y de poder verlos cada mañana para recordar que estuviste allí, que lo viviste, que fue una experiencia totalmente real. ¡Y lo que disfruta el peque ojeandolos!
Admito que soy de esas personas a las que le da mucha pereza hacer la selección de las fotos, pero a la vez es el primer paso del disfrute. ¡Y luego la app de Hoffman te permite maquetarlo de forma facilísima!
Además, puede servir como regalo que compartir con la persona que vivió esos momentos contigo. Adquiere otra dimensión diferente que funciona incluso mejor para nuestra memoria. De hecho, hay estudios que señalan cómo la memoria se consolida mejor cuando el recuerdo está asociado a un componente físico.
Los objetos tangibles activan áreas del cerebro vinculadas a la emoción y a la memoria a largo plazo de una manera que las imágenes en pantalla, por muy nítidas que sean, simplemente no logran igualar. Por eso mismo hay empresas como Hofmann que llevan años facilitando este proceso, permitiendo que cualquiera pueda convertir sus fotos olvidadas en algo mucho más real.
Al final, los viajes no se hacen para tenerlos guardados en un teléfono ni para presumir de ellos en redes sociales (aunque muchas veces tengo la sensación de que éste es el principal motivo para mucha gente, decir que también han estado en el destino de moda). Se hacen para vivirlos, para recordarlos, para contarlos.

Para volver a ellos cuando el día a día pesa demasiado y necesitas que algo te recuerde que el mundo es grande, que has estado en sitios increíbles y que hay más aventuras por delante. Y para eso, nada funciona mejor que una foto que puedas ver… y tocar.


